La garza real [Grey Heron - Ardea cinerea] es el ave que más veces he fotografiado sin proponérmelo, y también la que más veces he dejado pasar sin levantar la cámara. Está en todos los humedales a los que voy y siempre hay una dentro del encuadre mientras espero otra cosa, así que acaba pasando lo de siempre: se la mira por encima del hombro hasta el día en que una se posa en un tocón con buena luz y uno se acuerda de que mide un metro y abre metro y medio de alas.
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| Garza real sobre un tocón, con flamencos dormidos al fondo. Brazo del Este (Sevilla), diciembre de 2023. Sony a6400 + Sony 200-600mm |
El adulto tiene el dorso ceniciento, una mancha negra bien marcada en el hombro, el cuello blanquecino recorrido por delante por una hilera de goterones negros, y la cabeza blanca con una banda negra que arranca del ojo y termina en un penacho de plumas finas colgando de la nuca. El pico, largo y potente, es amarillo la mayor parte del año y se vuelve anaranjado en la época de celo, igual que las patas se oscurecen y enrojecen en esas semanas: si la foto muestra un pico encendido, es primavera. Lo que despista de verdad es la edad. El joven no tiene nada de eso: frente, coronilla y cuello grises en lugar de blancos, sin penacho, y la mandíbula superior del pico oscura, de modo que a media distancia parece un ave apagada y sin marcas. Casi todas las garzas «raras» que me han hecho dudar en el campo eran aves del año.
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| Sobre una mata de juncos a última hora, con la corona, el penacho y la mancha negra del hombro bien visibles. Brazo del Este (Sevilla), enero de 2023. Sony a6400 + Sony 200-600mm |
Come sobre todo peces, pero le entra casi cualquier cosa que quepa por el pico: anfibios, culebras de agua, cangrejos, insectos grandes, pequeños mamíferos y pollos de otras aves, incluso algún pato adulto. Para conseguirlo se planta inmóvil en la orilla o vadeando agua somera, con el cuello recogido, hasta que algo se mueve al alcance, y entonces lanza el cuello de golpe y vuelve a quedarse quieta. Esa quietud de minutos enteros es lo que permite acercarse con el coche y trabajar la foto con calma, y también lo que la delata a distancia: en un arrozal lleno de garcillas que van y vienen, la garza real es la única que llevará diez minutos sin moverse. Le sirve cualquier atalaya para vigilar el agua: la he fotografiado lo mismo sobre un tocón medio hundido que sobre la barandilla de una compuerta de riego, y en el arrozal esas estructuras de hormigón y hierro son a menudo el único punto elevado en cientos de metros.
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| Cazando en la marisma, con el reflejo intacto. Doñana (Huelva), diciembre de 2025. Sony A7R II + Sony 200-600mm con teleconvertidor 1.4x |
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| Garza portando una rata en Doñana. Canon 450D + Canon 400mm F5,6L. Noviembre 2010 |
La garceta grande es la que da problemas, y no por el plumaje sino por la silueta: mismo tamaño, mismo cuello, misma manera de volar, y en cuanto el ave queda a contraluz o muy lejos el color deja de servir y las dos se quedan en la misma mancha gris; la garceta común, más pequeña, con el pico negro y los dedos amarillos, se separa sin esfuerzo. La garza imperial, que comparte con ella los carrizales del sur, es de tonos pardos y rojizos, con el cuello canela rayado de negro en vez de blanco con goterones, y suele estar más metida en la vegetación. En vuelo la garza real lleva el cuello recogido en una S muy marcada y las patas asomando por detrás de la cola, pero eso tampoco resuelve nada frente a la garceta grande, porque vuela exactamente igual. En el arrozal se las ve levantar juntas a menudo y ahí queda claro el problema: misma silueta, mismo cuello plegado, y con luz de frente lo único que las separa es el color.
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| Dos garzas reales y dos garcetas grandes en el mismo vuelo: todas llevan el cuello recogido, y la diferencia está en el color. Brazo del Este (Sevilla), diciembre de 2023. Sony a6400 + Sony 200-600mm |
En España se puede ver durante todo el año, aunque no siempre a los mismos individuos. Las garzas que crían aquí son sedentarias o hacen movimientos cortos, y a ellas se suman en otoño las que bajan del norte de Europa, con un paso importante por el estrecho de Gibraltar en octubre y noviembre; el resultado es que en invierno hay muchas más garzas que en verano, sobre todo en el cuadrante suroccidental y en los humedales costeros. Cría en colonias, muchas veces mezclada con otras garzas y con cigüeñas, en sotos y bosquetes junto al agua, y empieza a arreglar los nidos ya a mediados de febrero, de manera que en pleno invierno se la ve entrando y saliendo de las arboledas. La población española va en aumento y ha colonizado en las últimas décadas la vertiente cantábrica, donde antes no criaba: eso explica que hoy la encuentre lo mismo en las marismas de Sevilla que en las rías de Cantabria. No figura en el Catálogo Español de Especies Amenazadas y su estado de conservación es favorable.
Para buscarla vale cualquier lámina de agua con una orilla desde la que asomarse, y a diferencia de casi todo lo demás no hace falta madrugar, porque sigue cazando a plena luz del día cuando el resto del humedal se ha echado a dormir. En el sur la veo en cada visita al Brazo del Este, posada en los caballones y en los tocones de las acequias; en el norte, en las marismas y las rías cantábricas; y tierra adentro, en humedales como Salburúa.
















































